miércoles, 11 de noviembre de 2015

La Justicia Social en la Escuela

Construir una escuela que trabaje para luchar contra las desigualdades y por una mayor justicia social implica abordar dos elementos interrelacionados; por un lado que la escuela trabaje desde planteamientos de justicia social (que sea socialmente justa) y, por otro, que enseñe a sus alumnos y alumnas justicia social (Murillo y Hernández-Castilla, 2014). En este breve texto abordamos la segunda. Partiendo de las ideas de Bree Picower (2012), planteamos un proceso en seis fases para introducir la enseñanza de la Justicia Social en el curriculum escolar.
Los docentes proporcionan oportunidades a los estudiantes para que aprendan acerca de quiénes son y de dónde vienen. Se cultiva un sentimiento de orgullo por su cultura, sus orígenes y los de su familia, su identidad étnica, su religión, su tono de piel, su orientación sexual o su género. Se trata de que los alumnos aprendan sobre su propia identidad y de la historia asociada a ella.
Cuando los alumnos conocen su propia historia y la de su familia son más capaces de identificar, deconstruir y visibilizar los estereotipos negativos sobre sus identidades. De tal forma que sientan que su propia identidad y la de su comunidad no es la causa de sus problemas, sino un orgullo.
Actividades tales como hacerse un autorretrato que incluya las características de su cultura y herencia y mostrarlo orgulloso en el aula, o entrevistar a abuelos y otros familiares y mostrar con honra lo que son a través de su “libro de los ancestros”, puede ser útiles para esta fase.
El objetivo de esta fase es generar un clima de respeto a la diversidad haciendo que los estudiantes aprendan a escuchar con amabilidad y simpatía las experiencias de sus compañeros. A veces es tan sencillo como compartir los productos de la fase anterior. De esta forma, los maestros y las maestras generan oportunidades para que los estudiantes compartan sus conocimientos acerca de su propio bagaje cultural con sus compañeros de clase. Los niños y niñas deconstruyen los estereotipos acerca de las identidades de sus compañeros, y aprenden sobre la historia, fortalezas y resiliencias de la cultura del otro. Mediante el desarrollo de la empatía intercultural basada en el conocimiento histórico y los elementos positivos de las diversas comunidades, los estudiantes pueden reconocer las luchas compartidas contra la opresión, contribuyendo a eliminar el conflicto intercultural.
De "celebrar la diversidad" se evoluciona a analizar cómo ésta ha impactado de manera desigual en los diversos colectivos de personas. Los y las estudiantes aprenden sobre la historia del racismo, el sexismo, el clasismo, la homofobia, la intolerancia religiosa, etc., y analizan cómo estas formas de opresión han afectado a las diferentes comunidades. Al ayudar a los estudiantes a entender las formas en que la opresión opera tanto individualmente como institucionalmente, estarán en mejor posición para entender sus propias experiencias vividas así como para desarrollar soluciones estratégicas basadas en raíces históricas en lugar de nocion  románticas
o caritativas de cambio social. Se trata de que los estudiantes busquen relaciones que muestren cómo las raíces históricas de la opresión impactan en las experiencias vitales y en las condiciones materiales de las personas en la actualidad.
Un análisis de las injusticias observadas por los estudiantes en su vida, en los periódicos, en las calles… puede ser un interesante detonante para iniciar un trabajo sobre este tema. Desde el análisis de los desahucios, sus causas y consecuencias, comparando el dinero invertido en ellos y en rescatar a Bancos y autopistas, pasando por el análisis del terremoto de Haiti, sus consecuencias, la comparación con otros terremotos en países ricos y su situación actual…, hay infinidad de detonantes que pueden generar un interesante debate.
Los maestros y maestras comparten ejemplos de grupos de personas que trabajan juntas hacia los temas de injusticia social que los estudiantes aprendieron en el punto anterior. Es importante ayudar a los niños y niñas a entender que no solo líderes como Mandela, Martin Luther King o Gandhi pueden contribuir a acabar con las injusticias, también personas corrientes, trabajando juntas, pueden hacerlo. La idea es pasar a contrarrestar el desánimo y pasividad, de manera que entiendan que es posible cambiar la sociedad.
Con esta fase se busca despertar la conciencia de otros estudiantes, docentes, familias y la comunidad acerca de las injusticias estudiadas. Utilizando medios de comunicación tradicionales y alternativos, los estudiantes tienen oportunidad de enseñar a otros acerca de lo que han aprendido sobre estos temas. Ello permite que se apasionen con lo analizado y se conviertan en agentes de cambio mediante su trabajo de sensibilización hacia otros estudiantes, docentes, familiares y miembros de la comunidad. La elaboración de boletines, periódicos murales, carteles, blogs, twiter, facebook, videos… son un medio para lograrlo.
Como último elemento, es importante reconocer que, si bien la sensibilización es un precursor necesario e importante para la acción, por sí misma no se traduce en cambio.
De la teoría a la acción. Una cosa es aprender en libros, periódicos y videos acerca de los movimientos sociales y difundir esa información, y otra contribuir activamente a luchar contra las injusticias. Así, en esta fase, se aportan oportunidades para actuar sobre cuestiones que afectan los estudiantes y sus comunidades.
En este elemento, los estudiantes identifican los problemas sobre los que sientan pasión y aprenden las habilidades para comenzar a cambiarlos. Es posible los estudiantes de menor edad no puedan acabar con el trabajo infantil en todo el mundo, lo que se busca es que están concienciados y posean los conocimientos y capacidades necesarias para que en el futuro formen parte de movimientos sociales que puedan acabar con esa lacra. 

Murillo, F.J. y Hernández-Castilla, R. (2014). Liderando Escuelas Justas para la Justicia Social. Revista Internacional de Educación para la Justicia Social (RIEJS), 3(2), 13-32.
Picower, B. (2012). Practice what you teach: Social justice education in the classroom and the streets. Londres: Routledge.
Hay palabras que de tanto ser usadas se gastan, pierden su significado original para convertirse en expresiones huecas, meras coletillas vacías que poco aportan. Justicia Social es una de ellas: de tanto ser manoseada ya ni sabemos qué significa.
Quizá sea porque no tiene un significado esencial sencillo: está embebido en discursos históricamente construidos de marcado carácter ideológico no exento de conflicto (Rizvi, 1998). Así, hacemos nuestra la propuesta de Griffiths (2003) que invita a pensar la “Justicia Social como verbo” (p.55); es decir, un proyecto dinámico, nunca completo, acabado o alcanzado “una vez y para todos”, siempre debe estar sujeto a reflexión y mejora (Murillo y Hernández-Castilla, 2011).
Aunque no resulta muy académico definir por contraposición, queremos empezar distanciando Justicia Social de otros términos con los que frecuentemente se ha asociado y que han llevado a un concepto espurio de Justicia Social. Para nosotros Justicia Social:
1. No es sólo Derechos Humanos. La dignidad de las sociedades implica el estricto cumplimiento de todos y cada uno de los derechos humanos, y una de las primeras obligaciones de los poderes públicos es garantizarlo. Pero no nos engañemos, es un punto de partida necesario, no un fin. Una sociedad justa es mucho más.
2. No es Igualdad de Oportunidades. Difícilmente podemos quedarnos satisfechos con una sociedad en la que cualquier persona tenga las mismas oportunidades para ser pobre o rica (incluso si esta igualdad de oportunidades no fuera, como lo es en la actualidad, una falacia) (Dubet, 2011). Triste sociedad es aquella en la que uno de cada tres niños están en riesgo de pobreza mientras que algunos guardan sus abultados depósitos en paraísos fiscales.
3. No es sólo distribución equitativa de bienes. Sin desvalorizar un ápice este elemento, en la actualidad existen muchas discriminaciones por razón de género, capacidad, cultura, origen étnico y orientación sexual, insostenibles en una sociedad justa. Conceptos como el reconocimiento o la participación no son accesorios.
4. No existe sólo dentro de un Estado-Nación. No solo se debe globalizar el dinero, también la justicia. Difícilmente podrá haber Justicia Social en un mundo donde las verjas con concertinas separan los que tienen mucho de quiénes nada poseen (Fraser, 2008).
Pero no nos quedamos ahí. A pesar de reconocer explícitamente la dificultad de su definición, en parte por su carácter claramente “político” en sentido freiriaro (la concepción envolvente del mundo y del ser humano), creemos que es necesario remangarse la camisa y ponerse manos a la obra para aportar un poco de claridad.
En coherencia con la filósofa nortamericana Nancy Fraser (2008), entendemos la Justicia Social desde una pe2
Social como Redistribución, como Reconocimiento y como Representación. A la misma llamaremos el enfoque de las tres “R”).
Estas tres dimensiones son mutuamente interdependientes, están entrelazadas y se conjugan para la comprensión de la Justicia Social como noción multidimensional y compleja:
ü Justicia social como Redistribución. Basada en los planteamientos canónicos de Rawls (1971) que entiende Justicia Social como distribución -o redistribución- equitativa de bienes primarios. Un concepto que se nutre de los aportes de Aristóteles y sigue con Ulpiano y Tomás de Aquino, pasando por Hegel y Marx, en la idea de “a cada uno según sus necesidades”. Es decir, con una meta igualitarista mediante un proceso de desigualdad (dar más a quien por sus condiciones o su situación de partida más lo necesita). Desde esta dimensión, asumimos que las instituciones deben tratar de forma diferente a las personas para compensar las desigualdades creadas por razón de género, clase social, capacidad, cultura, origen, elección sexual…
ü Justicia social como Reconocimiento. Se entiende como la ausencia de dominación cultural, no reconocimiento e irrespeto de cualquier persona. Se busca la valoración social y cultural de todos los individuos, así como de los diferentes modos de ser, hacer y pensar (Benhabib, 2006; Fraser y Honneth, 2003; Honneth, 2007; Taylor, 2003).
ü Justicia social entendida como Participación y Representación. Hace referencia a la creación de las condiciones adecuadas para la plena participación en la vida social de todos, especialmente para aquellos que han sido tradicionalmente excluidos (Fraser, 2008; Young, 2000a, 2011).
Como complemento, nos gusta la idea de la profesora Iris Marion Young (1990b) que define la Justicia Social como la ausencia de opresión en la estructura social y las instituciones. Y concreta este concepto de opresión en cinco dimensiones (las cinco caras de la opresión): explotación, marginación, carencia de poder, imperialismo cultural y violencia.
Esta concepción de la injusticia como algo estructural no es incompatible con la responsabilidad personal por la justicia; todos y todas en el ámbito educativo tomamos pequeñas o grandes decisiones que no siempre son justas, o somos testigos de situaciones injustas y las permitimos con mayor o menor indiferencia. Trabajar por la Justicia Social empieza desde las decisiones propias, sigue en la denuncia y trabajo en las situaciones injustas más cercanas, y proyecta la lucha contra las injusticias estructurales.
Si la educación quiere contribuir a la construcción de una sociedad más justa necesita abordar las tres dimensiones de la justicia (las tres Rs) tanto en el diseño de las políticas educativas, como en el funcionamiento y organización de las escuelas y en el currículo implementado en las aulas. rspectiva multidimensional conformada por tres dimensiones: Justicia
Young, I.M. (2011). Responsabilidad por la justicia. Madrid: Paidós.







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